Mar01192021

ActualizadoLun, 18 Ene 2021 8pm

Lectura de Domingo: "La noche de los bastones largos" por Carlos Baeza

Carlos Baeza evoca uno de los hechos más bochornosos de la historia contemporánea argentina y que marcó una verdadera bisagra para dar paso a una decadencia del país y una constante frustración para el desarrollo del mismo.

El 29 de julio se conmemoró igual fecha del año 1966 cuando el gobierno usurpador de Juan Carlos Onganía llevó adelante el violento desalojo de cinco facultades de la U.B.A durante el cual la policía golpeó salvajemente con sus bastones a las autoridades, docentes y alumnos de esas sedes universitarias, episodio que fuera denominado como “La noche de los bastones largos” y que provocara el desmantelamiento de gran parte del profesorado que eligió el exilio para continuar sus carreras docentes.

Ninguna duda hay en torno al repudio generalizado que hasta hoy provocara ese hecho histórico tanto por la injustificada y violenta agresión al ámbito académico como por las secuelas que para la cultura generara. Sin embargo, las adhesiones a tal conmemoración por parte de representantes del kirchnerismo y del masismo (¿son distintos?) tanto a nivel nacional como local, rasgándose las vestiduras, no se compadecen con la postura de quien fuera el jefe indiscutido de ese movimiento nacional así como de las organizaciones sindicales afines que en esa época adhirieron sin sonrojarse al gobierno usurpador.

1° Cabe recordar -ante todo- el papel que le cupo a Juan Domingo Perón en los golpes de 1930 y 1943. En el primero y como capitán del Ejército integró el Comando de Operaciones encabezado por Uriburu y que el 6 de septiembre de ese año derrocara al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, actuando como oficial de enlace entre la columna revolucionaria y la Escuela Superior de Guerra. El mismo Perón informaba en un memorando que el jefe de la conspiración no deseaba actuar antes de contar con el 80% de los oficiales, siendo que la mayoría de ellos no habían “intervenido porque no se los había hablado”. De allí que afirmara que “solo un milagro pudo salvar a la revolución”, agregando que ese milagro “lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de ‘¡viva la revolución!’” (Juan Domingo Perón: “Lo que yo vi de la preparación y realización de la revolución del 6 de septiembre de 1930. Contribución personal a la historia de la revolución” en José María Sarobe: “Memorias sobre la revolución del 6 de septiembre de 1930; Gure; Bs.As.; 1957; p. 93”).

Esta activa participación en el golpe de 1930 hizo que Perón, desilusionado por los enfrentamientos dentro del propio movimiento “y convencido de que la misión táctica que se le había asignado fracasaría, se retiró del grupo el 3 de septiembre. Al día siguiente se reunió con los oficiales del grupo de Justo en un esfuerzo de último momento para imponer sus ideas a Uriburu, y conquistar más amplio apoyo para el movimiento revolucionario” (Robert A. Potash: “El ejército y la política en la Argentina. 1928-1945. De Irigoyen a Perón”; Sudamericana; Bs.As.; 1980; p. 75) El propio Perón, muchos años después (9 de abril de 1953) se arrepentiría de esa participación y diría: “Yo recuerdo que el presidente Yrigoyen fue el primer presidente argentino que defendió al pueblo, el primero que enfrentó a las fuerzas extranjeras y nacionales de la oligarquía para defender a su pueblo. Yo, en esa época, era un joven y estaba en contra de Yrigoyen, porque hasta mí habían llegado los rumores, porque no había nadie que los desmintiera y dijera la verdad” (Félix Luna: “Yrigoyen”; Editorial de Belgrano; Bs.As.; 1981; p. 382).

2° El siguiente golpe en el que interviniera Perón y en forma mucho más activa fue el del 4 de junio de 1943 que derrocara al presidente Castillo, organizado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) que se constituyera formalmente el 10 de marzo de 1943, en una reunión secreta llevada a cabo en el Hotel Conte, sobre la Plaza de Mayo y a escasos metros de la Casa Rosada. El núcleo original que trabajara para organizar esa logia estaba integrado por ocho oficiales, uno de ellos, el entonces Coronel Juan Domingo Perón, a cargo de la Inspección de Tropas de Montaña. El mismo Perón junto al coronel Montes fueron los autores del manifiesto aprobado por los catorce oficiales que encabezaran el movimiento y redactado en un departamento de Buenos Aires, horas antes del golpe (Potash: ob. cit.; pg. 267).

Dentro de ese gobierno usurpador, Perón fue designado Jefe de la Secretaría del Ministerio de Guerra y reivindicando para el GOU el protagonismo del movimiento, escribió: “A pesar de los hechos, que se precipitaron y encontraron al GOU en plena labor de enrolamiento, la mayor parte de los jefes y oficiales ya pertenecían a él, lo que le permitió la realización del movimiento revolucionario, como única solución patriótica ante la grave situación creada al país” ( Potash: ob. cit.; pg. 304) Luego, Perón obtendría otros importantes cargos dentro de ese gobierno, como fueron la titularidad de la Secretaría de Trabajo y Previsión, y luego como Ministro de Guerra y Vicepresidente. El mismo Perón, ya como presidente de la Nación, en el discurso inaugural de las sesiones de la Convención Constituyente de 1949, diría: “Las fuerzas armadas de la Nación, intérpretes del clamor del pueblo, sin regir la responsabilidad que asumían ante el pueblo mismo y ante la historia, el 4 de junio de 1943 derribaron cuanto significaba una renuncia a la verdadera libertad, a la auténtica fraternidad entre los argentinos” (Diario de sesiones de la Convención Nacional Constituyente; Imprenta del Congreso de la Nación; Bs.As.; sesión del 27 de enero de 1949; p. 26).

3° Y aquí viene la muestra de lo anticipado en cuanto al apoyo que tanto Perón como los sindicatos afines dieran al gobierno usurpador de Juan Carlos Onganía que derrocara al presidente Arturo Illia el 28 de junio de 1966, precisamente el que provocara “La noche de los bastones largos”. Ya hacia fines de 1965 “los líderes sindicales peronistas también estaban tratando de achicar la grieta que los había separado de la cúpula del Ejército en la última década. Los encuentros privados entre líderes sindicales y oficiales de alto rango se convirtieron en un fenómeno creciente, a veces por invitación de los militares, a veces por iniciativa de los voceros sindicales. La ansiedad de estos líderes sindicales por conversar con oficiales del Ejército estaba ligada sin duda a su propia percepción de que era inminente un golpe militar y a su deseo de proteger o poner en primer plano sus propios intereses y los de los sindicatos en caso de que eso tuviera lugar” (Robert Potash: “El ejército y la política en la Argentina. 1962-1973. De la caída de Frondizi a la restauración peronista”; Sudamericana; Bs.As.; 1994; tomo I; p. 240).

Sin embargo, y a poco de andar, las relaciones entre dichos dirigentes y las autoridades sufrieron un considerable deterioro, “cuando los líderes laborales de varios sindicatos peronistas e independientes habían asistido a la ceremonia de toma de posesión del cargo de Onganía, esperando jugar un papel en el nuevo gobierno”(Potash: “El ejército y la política en la Argentina. 1962-1973”; ob. cit.; t.II; p. 44) Basta para ello con observar los diarios de la época en los que es dable advertir la presencia de los principales dirigentes sindicales en la asunción del nuevo gobierno. Asistieron Francisco Prado, secretario general de la CGT, Armando March y Roberto del Río, secretarios general y de prensa, respectivamente, de la Confederación General de Empleados de Comercio, entre otros. Las 62 Organizaciones “de pie junto a Perón” declaraban: “Cayó un régimen de comité, sin representación y se abre la perspectiva hacia un venturoso proceso argentinista” (“El Día”; 1/7/66) Y también Perón, desde el exilio, bendijo abiertamente el derrocamiento del gobierno de iure al decir: “El golpe de estado era la única salida para acabar con el régimen corrupto imperante en Argentina en los últimos tres años” (“Crónica”; 29/6/66) La Unión del Personal Civil de la Nación, en un comunicado sostenía “que comparte el enunciado de la proclama de las Fuerzas Armadas” (“El Día”; 29/6/66) ; y el Sindicato de Prensa de La Plata expresaba su “adhesión sin reservas a los puntos de mira de estatuto revolucionario” (“El Día”; 1/7/66); mientras que el acto de asunción del ministro de Economía contó con la presencia de los dirigentes sindicales Francisco Prado, Augusto Vandor, José Alonso y Jerónimo Izzeta, entre otros (“La Razón”; 30/6/66).

No debe olvidarse, entonces, el atropello perpetrado en “La Noche de los bastones largos” pero tampoco puede soslayarse el apoyo al gobierno usurpador de 1966 por parte de Perón y los sindicatos afines, lo que parecen no recordar quienes -integrantes de ese movimiento- hoy se rasgan las vestiduras por aquél bochornoso episodio.

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